A pesar de su corto potencial demográfico, Zaragoza en los últimos años del setecientos y primeros del ochocientos era la indiscutible cabecera de la provincia aragonesa. La composición de su sociedad era también el reflejo y compendio de la del resto de ciudades, pueblos y aldeas aragonesas. En ella se daban las contradicciones inherentes a una sociedad feudal en la que una minoría trataba de innovar y transformar. En este sentido jugó un importante papel la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, alrededor de la cual se agruparon unos centenares de personas que representaban esas aspiraciones de renovación aunque fuera dentro del sistema y a los que se llamó ilustrados.
Otra de las características de la formación social de Zaragoza en los
últimos años del setecientos es el malestar en las masas que se manifiesta
periódicamente en motines y algaradas. El desabastecimiento y la especulación
de granos había llevado a los zaragozanos, también a los de otras ciudades
de Aragón, como Borja o Daroca, en 1766 a un motín de hondas consecuencias
sociales que tardarán en ser olvidadas. Los impuestos y la precariedad
serán la mecha en otros casos que haga estallar a la sociedad zaragozana.
A partir del mes de marzo de 1808, tras el acceso de Fernando al trono
al malestar social parece unirse el malestar político. Las noticias de
lo ocurrido en Aranjuez llegaron a Zaragoza el día 22 de marzo y los estudiantes
universitarios reaccionaron inmediatamente descolgando el retrato de Godoy
del teatro de la Universidad, llevándolo al Coso y quemándolo.
Palafox formó parte del contingente de guardias de Corps que custodiaron a Godoy después de su captura hasta que fue entregado a los franceses y fue comisionado, entre otros, para que pasasen a Bayona a explicar lo ocurrido al rey Fernando y a pedirle instrucciones sobre lo que se debía hacer, planearon liberar al rey, fueron descubiertos por los agentes de Napoleón, y lograron huir hacia Aragón. Ya en Zaragoza en los primeros días del mes de mayo Palafox trató de convencer al capitán general Guillelmi de que traía instrucciones precisas para levantar Aragón contra los franceses. Guillelmi sin embargo le conminó a reintegrarse a su unidad amenazándole en caso contrario con arrestarle.
Palafox, viendo que no podía esperar ninguna cooperación del capitán general, pensó en formar con otras personas de influencia sobre el pueblo y decididos fernandinos una Junta cuya misión sería la de movilizar al vecindario para deponer a las autoridades nombradas por Godoy y sustituirlas por hombres fieles a Fernando VII. Esta Junta debería alzar en su nombre Aragón contra los franceses. Era una Junta representativa de la clase dominante, así como del ejército y otros cuerpos armados, sin embargo no había representantes de los sectores populares. Y es que tanto a la nobleza como a la incipiente burguesía y, por supuesto, al ejército, les repugnaba sobremanera armar a las masas populares a las que temían tanto o más que a los franceses.
Los campesinos, trabajadores de los gremios y jornaleros que estaban
inquietos desde hacía unos meses, comenzaban a movilizarse poniendo pasquines
en contra de la presencia francesa. Dirigían el movimiento líderes "naturales",
labradores medianos que gozaban de prestigio entre los demás. El 6 de
mayo comienzan a conocerse los acontecimiento madrileños del día 2 y se
aceleran los preparativos. El historiador francés Daudebard de Férussac
dice que todo el pueblo zaragozano se puso en movimiento, los grupos se
juntaban en las plazas públicas, se hablaba con una libertad desconocida
hasta ahora y se ponían carteles sediciosos contra las autoridades. Todo
estaba dispuesto para el estallido pero carecían de una cabeza. Buscaron
durante días una persona de prestigio, noble o militar, que les dirigiera
en su insurrección, pero todos los consultados rehusaron excusándose,
Palafox seguía escondido. Todo parece indicar que no era ésta su revolución.
El motín popular estalló el día 24 de mayo: las noticias de la salida
de los príncipes hacia Bayona y la nueva renuncia que hacía Fernando VII
en favor de su padre fue suficiente. Algunos de los decididos se colocaron
la escarapela roja en el sombrero y se dirigieron a la residencia del
capitán general para exigirle armas. Ante la negativa de éste se lo llevaron
al castillo de La Aljafería donde le dejaron encerrado apoderándose de
unos 25.000 fusiles, de los que se distribuyeron inmediatamente 5.000,
y algunos cañones. Durante todo el día, carentes de dirección, los ciudadanos
armados de Zaragoza se dedicaron a esperar. Mientras, se reunía la Real
Audiencia presidida por el sustituto de Guillelmi, el general Mori, sin
vislumbrar una salida al conflicto. En medio de la espera, alguién recordó
a Palafox, y el conocido como "tío Jorge", acompañado por otros hombres
armados, fue en su busca. Palafox relata en sus Memorias que cuando vio
llegar gente armada a La Alfranca, creyó que eran fuerzas mandadas por
el capitán general para detenerle. Los recién llegados le invitaron a
acompañarles a Zaragoza para ser nombrado capitán general y ponerse al
frente de la insurrección. Palafox, como habían hecho otros, rehusó en
un principio pero, al fin, ante su insistencia, fue con ellos a Zaragoza
donde fue recibido en medio de aclamaciones.
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