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Contexto Histórico

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LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

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El 20 de Julio de 1810

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EXPANSIÓN IMPERIAL

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La guerra fue, para la Francia revolucionaria y napoleónica, un hecho habitual. Desde 1792 hasta 1815 no hubo un solo año en el que no estuviese en guerra con alguno o varios de los estados europeos. Inicialmente, guerra defensiva, frente a Prusia y Austria (1792) y luego (desde 1793), contra la mayoría de potencias europeas, unidas en la Primera Coalición; guerra que pronto fue victoriosa --debido a la superioridad de un ejército nacional, frente a unos ejércitos tradicionales, con tropas no motivadas--. Como resultado de las primeras victorias, comenzó la expansión: tratados de paz con Toscana, Prusia, Holanda y España (Basilea, 1795). Razones de interés estratégico (fronteras), económico (mercados para suministrar materias primas y absorber manufacturas francesas) y financiero (ingresos) explican la guerra de expansión. Pero la ocupación permanente de nuevos territorios obligó a mantener un ejército numeroso y, para aligerar el coste de esta manutención, a procurar sostenerlo sobre territorios enemigos, lo que produjo resistencias entre la población afectada, que obligaron a incrementar la presencia militar, círculo vicioso que un historiador ha calificado como "ciclo infernal de la guerra".

En unos años en que Napoleón iba adquiriendo poder absoluto (cónsul vitalicio en 1802, emperador en 1804), la política exterior francesa giró --como lo habría de hacer hasta 1814-- en torno a su voluntad. Y esta voluntad era ambición de expansión sin límites. De ahí que ninguna situación fuese estable, ningún objetivo alcanzado fuese objetivo final. De ahí, también, el casi perpetuo enfrentamiento con coaliciones (en las que Gran Bretaña se juntó con las monarquías continentales) que mantuvo a expensas de los resultados en los campos de batalla la pervivencia del propio Imperio napoleónico. Entre 1802 y 1805, la presión francesa rompió el precario equilibrio de Amiens: reorganización del espacio italiano con la creación de un República italiana, sobre los límites, engrandecidos, de la República Cisalpina, con Bonaparte como presidente (1802), y con la incorporación a Francia del Piamonte y de la isla de Elba (1802) y la ocupación de Parma (1802); reestructuración del ámbito alemán (dieta de Ratisbona [Rastatt], 1803), mediante la desaparición de numerosos pequeños estados, en su mayoría clientes de Austria, el fortalecimiento de los estados meridionales (Baviera, Baden, Württemberg), aliados de Francia, y el rechazo de Prusia hacia el este; intervención en Suiza (incorporación de Ginebra e imposición a la República Helvética del Acta de mediación, en 1803); reconstitución del dominio colonial heredado de la monarquía, en el que se reimplantó en 1802 la esclavitud.

La lucha entre Francia y Gran Bretaña acabó convirtiéndose en la Tercera Coalición antifrancesa (verano de 1805). Gran Bretaña contó para ello con la ayuda de la propia conducta francesa, que sembró inquietud entre las potencias continentales: la captura, en territorio extranjero, y posterior asesinato del duque de Enghien (1804), acusado sin pruebas de la participación en un complot antinapoleónico, fue un síntoma de la determinación del régimen en no detenerse en medios para acallar la oposición interna; las disposiciones tomadas en política exterior parecían demostrar similar determinación en la prosecución de una línea expansionista: conversión de la República de Italia en monarquía hereditaria, de la que se hizo coronar rey Napoleón (mayo 1805), delegando en Eugenio, hijastro de Napoleón, como virrey; concesión a su cuñado Felice Baciocchi, casado con su hermana Elisa, de los principados de Piombino (1805) y Lucca (1806); anexión de Génova al imperio francés (junio 1805).

La intervención en la península Ibérica se planteó inicialmente como operación destinada a acabar con la independencia de Portugal, ligado a Gran Bretaña y por tanto no dispuesto a aplicar el bloqueo. De acuerdo con España (tratado de Fontainebleau, octubre de 1807) las tropas francesas entraron en Portugal y ocuparon Lisboa (noviembre de 1807). La presencia francesa en la Península ibérica acabó derivando en la ocupación de España, seducido Napoleón por las aparentes facilidades que la rivalidad entre el monarca Carlos IV y su hijo Fernando concedían a la empresa.

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