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LA EUROPA NAPOLEÓNICA

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En su expansión, la Francia napoleónica llevó mas allá de sus fronteras su modelo político y social, aunque al contacto con otras realidades este modelo perdió parte de sus características en aras de una mejor aceptación. Surgieron así, sobre buena parte de Europa, las bases de una nueva y más homogénea identidad, que, a pesar de sus contradicciones, sobrevivió hasta la derrota militar de Napoleón.

El Imperio napoleónico no fue una entidad estable en el tiempo, ni su evolución obedeció a un plan prefijado, como no fuese el de su constante expansión, aunque ésta tampoco tuvo unos pasos previstos, pese a que Napoleón, desde su exilio en Santa Elena, intentó presentarse como arquitecto de la unidad europea ("uno de mis mayores propósitos había sido la aglomeración, la concentración de los propios pueblos geográficos que las revoluciones y la política han disuelto o troceado"). La Francia que durante la Convención luchaba por conquistar y defender sus fronteras naturales dio paso a una Francia que, a lo largo del Directorio y del Consulado, desbordó estas fronteras a través de repúblicas hermanas y se constituyó, a partir de 1804, en el centro de un Gran Imperio, con estados satélites, para configurarse por último, tras la paz de Tilsit (1807), como impulsora de un Sistema continental que pretendía integrar como aliados en torno al Imperio a todos los estados continentales. El logro estuvo a punto de cumplirse (en 1808 solamente Suecia figuraba al margen), aunque por breve tiempo. Probablemente tampoco era éste el objetivo final. Tras la campaña de Rusia (1812) se produjo un rápido derrumbamiento de todos los sueños imperiales.

Si tomamos como punto de referencia la situación a inicios de 1812, las fronteras estrictas de la Francia imperial (la Francia gobernada directamente por el Emperador) abarcaban 750.000 km2, con 44 millones de habitantes y 130 departamentos: 102 dentro de las fronteras naturales heredadas de la República y 28 procedentes de territorios incorporados (9 departamentos en Holanda, 4 en la Alemania del mar del Norte, 15 en los Alpes e Italia). Pero los límites entre lo que era territorio formalmente integrado en el Imperio y lo que eran estados vasallos permanecieron fluidos: en una situación intermedia figuraban las provincias Ilirias y Cataluña, que llegó a dividirse, en 1812, en 4 departamentos bajo administración francesa.

Más allá del Imperio había una serie de estados vasallos: los reinos de España, Italia, Nápoles y Westfalia, el Gran Ducado de Berg y el Gran Ducado de Varsovia, también sujetos a una situación inestable: en su origen, habían sido cedidos mayoritariamente a miembros del clan familiar napoleónico, pero la actitud independiente de algunos de ellos, que no renunciaron a gobernar sin supeditarse a los intereses franceses, provocó tensiones y posteriores incorporaciones (Holanda, en 1810), en el marco de la tendencia a sustituir la fórmula federativa por el modelo unitario como organización del Imperio. Junto a los estados vasallos, y con un mayor grado de autonomía, existían federaciones ligadas al imperio por una alianza permanente: Confederación Helvética y Confederación del Rin (que en su momento de máxima extensión, en 1808-1809, comprendía 38 estados --entre ellos Baviera, Baden, Sajonia, Württemberg y Mecklemburgo--, 355.000 km2 y 14 millones de habitantes); pero también aquí los límites eran imprecisos: Westfalia y Berg formaban parte de la Confederación del Rin; el monarca de Sajonia era Gran duque de Varsovia. Dentro de algunos de estos territorios (en Alemania e Italia) existían feudos, áreas de menor entidad que Napoleón había concedido a personalidades ligadas al Imperio como recompensa por sus servicios; tales feudos tenían un grado de soberanía limitada y necesitaban, para la transmisión hereditaria, el consentimiento del emperador. Por fin, fuera de los límites del imperio, había estados aliados (Rusia, Prusia, Austria, Suecia), que mantenían con aquél acuerdos coyunturales, sujetos a las fluctuaciones de la política, aunque la intención del Imperio fuese la de convertirlos en permanentes.

A juzgar por la anterior descripción, el Imperio no era una entidad homogénea, sino un conjunto de estratos superpuestos: la Francia imperial (en la que a su vez podían diferenciarse la vieja Francia y las anexiones posteriores a 1792), los estados vasallos, las federaciones. Y entre estos componentes se daban diversos grados de desarrollo económico, estructuras sociales diferentes y una desigual integración en el Imperio, en función de los nexos que mantenían con éste, del tiempo de duración de los mismos y de la mayor o menor similitud de su sociedad con la de la propia Francia.

Sobre este escenario heterogéneo e inestable se procuraron implantar unas instituciones comunes, tomadas del modelo francés, aunque atemperándolo en función de la realidad del lugar sobre el que se aplicaban y el momento en que dicha aplicación se producía.

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