La Junta de Defensa, convocada secretamente, presidida por el Regente
de la Audiencia, Pedro María Ric, e integrada por tan sólo
ocho de sus treinta y cuatro miembros, salió al caer la tarde por
la Puerta del Angel, escoltada por fuerzas francesas, para alcanzar la
Aljafería y, desde allí, trasladarse a Casablanca, donde
estaba asentado el Estado Mayor del mariscal Lannes, duque de Montebello.
El vencedor, tras recriminar a los representantes de la ciudad por su
resistencia y actitud beligerante a los dictados del rey José I
y del emperador Napoléon, exigió la inmediata puesta en
libertad del depuesto Capitán General Guillemi y del conde de Fuentes
—servidor del monarca intruso, quien permanecía detenido
desde las jornadas anteriores al primer sitio—, recluidos en el
castillo de la Aljafería. Después, hizo firmar a los presentes
el documento de capitulación —que habría de ser ratificado
después por todos los miembros de la Junta, obligándose,
incluso, al moribundo Palafox a hacerlo a punta de pistola—, en
el que tras declarar que siempre había sido intención del
mariscal Lannes salvar la ciudad —auténtico sarcasmo vertido
sobre la sombra de tanta sangre, destrucción y muerte—, acordaba
un perdón general del Rey y del Emperador para quienes cumpliesen
las condiciones fijadas en los once puntos siguientes:
«Artículo 1º: La guarnición de Zaragoza saldrá
mañana 21, al mediodía, por la puerta del Portillo con sus
armas, y las depositará a cien pasos de dicha puerta.
«Artículo 2º: Todos los oficiales y soldados de las
tropas españolas prestarán juramento de fidelidad a Su Majestad
Católica el Rey José Napoleón I.
«Artículo 3º: Todos los oficiales y soldados españoles
que hubieran prestado juramento de fidelidad, quedarán libres de
entrar al servicio de Su Majestad Católica.
«Artículo 4º: Los que de entre ellos no quisieran entrar
al servicio, quedarán como prisioneros de guerra a Francia.
«Artículo 5º: Todos los habitantes de Zaragoza y los
extranjeros que en ella se encuentren, serán desarmados por los
Alcaldes, y las armas depositadas en la puerta del Portillo el día
21 a mediodía.
«Artículo 6º: Las personas y las propiedades serán
respetadas por las tropas de Su Majestad el Emperador y Rey.
«Artículo 7º: La religión y sus ministros serán
respetados. Se colocarán guardias en las puertas de los principales
edificios.
«Artículo 8º: Las tropas francesas ocuparán mañana
a mediodía todas las puertas de la ciudad, el castillo y el Coso.
«Artículo 9º: Toda la artillería y las municiones
de toda especie se entregarán a las tropas de Su Majestad el Emperador
y Rey mañana a mediodía.
«Artículo 10º: Todas las cajas militares y civiles se
pondrán a disposición de Su Majestad Católica.
«Artículo 11º: Todas las administraciones civiles y
toda clase de empleados, prestarán juramento de fidelidad a Su
Majestad Católica. La Justicia será la misma y se rendirá
en nombre de Su Majestad Católica el Rey José Napoleón
I».
Algunas horas después y de nuevo en la ciudad, todos los miembros
de la Junta de Defensa, con la excepción de Pedro Miguel Goicoechea,
ratificaron el acta de capitulación, se informó al moribundo
Palafox de lo acordado y se refugiaron en la Aljafería mientras
en Zaragoza hervían las manifestaciones contrarias a la entrega
de una ciudad destruida e insalubre, sembrada por más de seis mil
cadáveres e iluminada por los incendios. El propio general Léjeune,
testigo excepcional de aquellos meses, describe la salida humillante de
los defensores vencidos en la mañana del día 21: «La
columna española salió ordenadamente con sus banderas y
armas. Nunca pudo nuestra vista contemplar un espectáculo más
triste y conmovedor. Trece mil hombres enfermos con el germen del contagio
en su sangre, enflaquecidos horriblemente, de barba negra, larga y descuidada,
con fuerza apenas para sostener sus armas, se arrastraban lentamente al
sonido del tambor. Sus trajes sucios y en desorden, bosquejaban un cuadro
de la más espantosa miseria. Un sentimiento de arrogancia y orgullo
indefinibles aparecía en los rasgos de sus semblantes lívidos,
ennegrecidos por el humo de la pólvora y sombríos por la
cólera y la tristeza... En el momento en que estos bravos depusieron
sus armas y entregaron sus banderas veíaseles presa de un violento
sentimiento de desesperación. Sus ojos chispeaban de cólera».
Los vencedores no fueron generosos, ni siquiera estrictos con los términos
de la capitulación que habían impuesto. El saqueo del tesoro
del Pilar fue el preludio de una feroz represalia que, selectiva y minuciosamente
preparada, empañó la victoria. Los nombres de los eclesiásticos
Boggiero, Sas y Consolación son solo la vanguardia de los dos centenares
largos que fueron exterminados camino de Alagón, cuando con el
enorme contingente de militares que no habían querido prestar juramento
de fidelidad al rey intruso, eran conducidos a Francia. La piedad del
vencedor tampoco fue estimulada ante la imagen de Palafox, quien en el
lecho en el que se adivinaba la proximidad de la muerte, fue obligado
trasladarse a Casablanca con objeto de firmar el texto de la capitulación,
humillándose ante el mariscal Lannes. Es más, habiéndose
agravado su estado hasta el punto de recibir la Extrema Unción
el día 24 de febrero, fue desarmado y convertido en preso de estado,
que no de guerra, de acuerdo con las órdenes precisas de Napoleón
en tal sentido, que incluían su traslado a Francia, siendo recluido
en el castillo de Vicennes bajo el nombre supuesto de Pedro Mendoza, para
borrar todo rastro de su persona. Mientras tanto, los 12.000 prisioneros
llevados a Francia, de los que morían diariamente a consecuencia
de su estado y de las penalidades de la marcha de 300 a 400, merecían
de Napoleón la consideración que puede extraerse de sus
palabras sacadas de unas instrucciones dadas al ministro de la guerra
el 6 de marzo de 1809: «Recomendaréis un régimen severo
y que se tomen medidas para hacer trabajar a estos individuos de buen
grado o por la fuerza. Son en su mayoría fanáticos que no
merecen ninguna consideración»
José Antonio Armillas
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