Que diez días después de la capitulación, el mariscal
Lannes entrase en Zaragoza con toda solemnidad, con volteo general de
campanas, recepción de las autoridades que quedaban y Te Deum en
el Pilar con el obispo auxiliar y el Cabildo al frente, no parece concordar
con las jornadas de - guerra y cuchillo - " que habían
vivido sus moradores durante los últimos tres meses, en los que
hablar de capitulación era sinónimo de traición.
Tras el acto religioso, alojado el mariscal en el palacio arzobispal,
ofreció un banquete para cuatrocientos invitados. Qué duda
cabe que en Zaragoza habían permanecido afrancesados de corazón,
europeístas de razón "”no bonapartistas, que también
los hubo"” que una vez perdida toda posibilidad de defensa se prestaron
a participar en la dirección de los asuntos urbanos sirviendo al
vencedor. Pero no fueron ellos los que heredaron la administración
de la vencida Zaragoza, sino quienes esperaban que los nuevos dueños
de la situación confirmasen los privilegios tradicionales de la
sociedad estamental o que, confiados en los precedentes abolicionistas
de algunos derechos feudales, habiendo participado en la lucha contra
el francés en uno o en los dos sitios, pasaban a la situación
de « colaboracionistas« " de la nueva administración
encomendada al general Suchet, quien condecoraría a muchos de sus
nuevos colaboradores, mientras confiscaba la plata de la cartuja de Aula
Dei para el servicio de su casa y recibía las bendiciones del obispo
auxiliar.
El pueblo zaragozano había sufrido tanto que había agotado
su capacidad de resistencia. No en vano fueron artesanos y comerciantes
los que habían soportado el mayor porcentaje de los gastos de la
guerra. El empeño de las autoridades francesas de devolver la normalidad
a la vida cotidiana no dejaba de ser surrealista, pero entraba dentro
de ese posibilismo con el que soñaban muchos. Como señala
A. Serrano, esa normalidad no impide conatos de resistencia manifestados
en pintadas o reparto de impresos prohibidos. Pero esa resistencia ya
no está sostenida por los impulsores ideológicos que la
habían atizado contra el francés como sospechoso de desmantelar
el orden establecido. Garante después, en cambio, de tal orden,
su peligrosidad potencial había desaparecido. La resistencia popular,
como afirma H. Lafoz, sería meramente pasiva. Si en algunos momentos
inmediatos a la capitulación se confiaba con ilusión que
el cañoneo y la fusilería de las avanzadillas del general
Blake representaban una pronta liberación de la ciudad, las medidas
represoras y la derrota de Alcañiz disolvieron definitivamente
tales ilusiones.
José Antonio Armillas
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