Todo había acabado por el momento para Zaragoza. La imposible resistencia había dejado un montón de ruinas y cientos de cadáveres que ocupaban todos los rincones donde antaño deambuló la vida. La destrucción movía a la desesperación de unos y a la admiración de otros. La desesperación y la cólera se mostraba en los ojos de los vencidos, la piedad en la de los momentáneos vencedores como es el caso de Brandt: "He visto el gran reducto del río Moscova, uno de los más señalados horrores de la guerra. Pues bien, en lugar alguno sentí la misma emoción. La visión del tormento es más patética que la de la muerte".
La ciudad había capitulado pero la guerra continuaba.
Herminio Lafoz