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La dimensión evocadora de estos temas se identifica con los ideales de una sociedad que actúa, con palabras de Julián Gállego, con "un narcisista afán de verse reflejada y mejorada con la garantía del pasado, ilusoriamente tomado por garantía de futuro" . De esta forma la interpretación social del arte con una función didáctico-moralizante, herencia manifiesta de la Ilustración, se ve enriquecida con la dimensión nacional aportada por el Romanticismo. Con ello se justifica la ayuda y protección que le prestará el Estado, a la vez que, en correspondencia, exigirá una adecuada respuesta por parte de los artistas, como puntualiza Federico Villalva:
"Se hace menester que el artista se apodere del sentimiento público, y lo traduzca en hechos plausibles, o que se apodere de los hechos y los impregne del sentimiento hondo que los ha producido. El arte fácil es tan detestable como la literatura fácil, y sus cultivadores si, como Gisbert, Casado, Vera y Puebla, tienen talento, serán merecedores siempre de la mayor censura" .
En consecuencia, con estas exigencias, el éxito de las obras no depende sólo de la calidad artística de las obras sino también de su capacidad para llegar al público.
La Guerra de la Independencia generó manifestaciones artísticas desde el momento trágico de su estallido, aunque las primeras no tienen precisamente una finalidad artística, sino la de sostener y animar el espíritu combativo del pueblo, es decir, convertirse en un arma más de la resistencia del pueblo contra el invasor. Son manifestaciones quizá no muy acordes con los cánones del arte culto, pero en cambio, responden plenamente a la primera exigencia del arte, la de ser un medio de comunicación y, como tal, se las valora hoy. Dichas manifestaciones, por las limitaciones y condiciones de su nacimiento se reducen al medio más espontáneo, rápido, económico y de mayor difusión: el grabado y las estampas. Son muy simples, con la tradicional división en buenos (el sufrido y heroico pueblo, con abundante presencia femenina) y malos (el cruel y despiadado invasor), por lo que es normal la inspiración en composiciones religiosas precedentes. Tampoco faltan los que recurren al sarcasmo y a la sátira mordaz como fórmula de desahogo de la impotencia del oprimido y dominado como muestra de su exaltación exuberante y, a veces, despiadada cuando se convierte en vencedor. En este caso encierran todo un muestrario de comportamiento popular que va desde el desdeñoso menosprecio a la crítica denigrante.