EL PUEBLO
.Es innegable que lo que caracteriza a la Guerra de la Independencia
es el protagonismo del pueblo, “en el sentido más humilde
(pero nunca ruin, que en España no hay pueblo-bajo) se entiende
el común de ciudadanos que, sin gozar de particulares distinciones,
rentas ni empleos, viven de sus oficios, y aunque no ejerzan los de
república, tienen opción a ellos y a los más altos
destinos y condecoraciones con que la patria remunera el mérito
y la virtud”. Y este protagonismo lo es más en los Sitios
de Zaragoza, sobre todo en el primero.
Sin embargo, no debemos dejarnos cegar por la literatura apologética,
dice Aymes, "que ha insistido demasiado en el fervor y en la unanimidad
del pueblo español en armas”. El pueblo aguanta, por un
lado, la coacción del esfuerzo de guerra en forma de raciones,
impuestos, bagajes, cargas, etc. con resignación de siglos, pero
también se lanza con furia de mil modos contra los franceses,
deserta o asesina a sus compatriotas. Es cierto, y más en Zaragoza,
que el pueblo sigue a jefes salidos de sus filas, y que éstos
mandan en la calle unos días, pero no lo es menos, como se ha
puesto de manifiesto, que pronto otros acabarán con la aventura,
con los desmanes de la plebe, en expresión de Toreno. Palafox
mandará que no haya más alborotos, que se imponga el orden
sobre el desorden.
Por igual conservadores y liberales magnificarán la actuación
del pueblo; los conservadores:
El pueblo llano fue quien levantó el estandarte de la libertad,
arrastrando dos opresiones a un tiempo. El principió la gloriosa
defensa sin preparativos. A su impulso deben las clases distinguidas
o ilustradas el no haber titubeado y claudicado más.
Los liberales glorifican al pueblo desde otra perspectiva:
Sola la plebe levantó el furioso grito de libertad ... Sola
la plebe, ese agente a quien los grandes en su fanático orgullo
llaman baxa; a pesar de encontrarse entre ellas almas elevadas sin número,
capaces de toda la sublimidad del heroísmo. Sola la plebe aterró
al tirano: los grandes le alentaron. Sola la plebe destrozó impávida
las cadenas el 2 de mayo: los magnates, despavoridos, reputaban por
empresa temeraria resistir al bárbaro opresor. Sola la plebe,
sacudida instantáneamente por todas partes de un efluvio eléctrico,
buscó armas, insultando a los franceses: los grandes permanecieron
indecisos: sola la plebe, arrebatada de un santo furor, arrancó
victorias a los enemigos en la primera campaña: atónitos
los grandes apenas se resolvían a creer lo que estaban viendo.
Pero, al final, este pueblo heroico continuó trabajando y pasando hambre, sólo que, ahora, en vez de morir defendiendo la puerta del Portillo, Santa Engracia o Torrero, morirá rodeado de su familia y de la miseria que le había acompañado antes, durante y después de los Sitios de Zaragoza.